Opinión que emití el 24 de abril de 2010 en el "foro de la educación hilena" del portal de Educar Chile, donde se pregunta ¿debe suspenderse la evaluación docente 2010?
A mi juicio no deben confundirse los planos. La reconstrucción de las zonas afectadas no puede ser excusa para que el sistema educacional chileno suspenda sus grandes tareas. El eje del debate debe ser otro. Es si la evaluación de desempeño docente permite efectivamente dar cuenta de la "calidad" de los docentes que trabajan en el sector municipal.
La evidencia empírica y la propia crítica teórica permite señalar que el modelo instaurado en Chile peca de reduccionismo, es tecnicista y, además, posee una serie de patologías que hacen que sus procedimientos y resultados sean bastante cuestionables (véase al respecto las patologías de la evaluación según Miguel Ángel Santos Guerra, en su texto Evaluación Evaluativa Tomo I). Al respecto se reduce el desempeño del docente a la capacidad de elaborar una planificación de una unidad pedagógica de 8 horas y su correspondiente instrumento de evaluación de la unidad, realizar una clase filmada de 40 minutos, una autoevaluación del docente y el informe de terceros (jefes directos del docente). Algunas críticas al modelo vigente permiten concluir que: a) el momento es muy cuestionable pues dicha evaluación se hace de manera tardía como para pensar efectivamente en un proceso (pasada la mitad del año escolar cuando es posible que los objetivos dados para ser evaluados el docente ya los haya tratado en el aula); b) los profesores deben planificar eligiendo una de las dos alternativas de OF y CMO que se presentan para el nivel y sector del plan de estudio en que se evaluarán, lo cual hace de esto un trabajo muy formateado y bien podrían los profesores de una comuna o del país ponerse de acuerdo en planificar en su sector de aprendizaje solo en la opción A o B; c) se solicita una planificación de ocho horas sobre la opción elegida sin considerar que eso ya pudo haberse desarrollado ni tampoco solicita el posible plan anual con que se vincularía la supuesta unidad pedagógica, es decir, se planifica en abstracto; d) una clase filmada que -hace gala de la perfomance del docente-pudo ser la mejor del año pues no hay otras con las cuales comparar y observar una posible evolución o mejora de las prácticas en el aula; e) si bien considera los resultados de aprendizaje, éstos no son solicitados -se dan como supuestos- y sólo se pide una reflexión pedagógica sobre ello; f) no considera el contexto institucional en el que se desarrolla la docencia del profesor evaluado, es decir, las características de la escuela en la que se ejecuta el trabajo pedagógico, por tanto los docentes evaluados “viven en el aire”; g) tampoco considera la trayectoria de los docentes para explicar sus procesos de trabajo en el aula, es decir los docentes no tienen historia; h) se solicita una clase de 40 minutos cuando en realidad los docentes trabajan en una cultura escolar donde imperan bloques de 90 minutos.
Todo lo anterior ha creado la leyenda negra –que circula entre los pasillos de las escuelas-de que “hay gente que ha pagado por hacer el portafolio”. Más allá de que sea cierto o no, el actual modelo amerita ser analizado para poder debatir, por un lado, si efectivamente es confiable, válido y pertinente y, por otro, de asumirse el hecho de que es necesario evaluar el desempeño docente pensar en un modelo alternativo que considere que el trabajo pedagógico es de una gran complejidad sociocultural en la que están presente elementos ideológicos, éticos y políticos, y que no puede aceptarse que un docente con el hecho de fallar en el portafolio es un “mal docente”. Pues se ha dado la paradoja de que docentes calificados como básicos obtienen altos resultados en el SIMCE o en proceso lectoescritura en primer año básico y docentes calificados como competentes tienen serios problemas de manejo de contenidos o de construcción de climas sanos en el aula. La invitación es a repensar la evaluación de desempeño desde una perspectiva democrática y anclada en la escuela, donde cada docente se autoevalúa y es evaluado por sus pares en torno el cumplimiento de sus públicos compromisos de enseñanza y en la perspectiva del mejoramiento colectivo del trabajo pedagógico. Sólo en este contexto es justo y necesario suspender la evaluación de desempeño, no por la reconstrucción post-terremoto sino por la auténtica democratización de la educación chilena.
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